Peripecias baladíes

12 julio 2006

Metá-xtasis de las gabardinas (Parte 4.5 - Recorrido con M)

8:14 - Llego a la parada bus. Stop. Lo espero. Stop. Entro e introduzco la tarjeta en el guardia de seguridad metálico. Stop. [Mientras tanto, el conductor ve pareciendo que no mira la realización de todo mi complejo y analítico proceso. Stop. Así se lo han hecho saber una y otra vez desde las altísimas esferas económicas que saben que un leve desliz, un inapreciado paso, pueden ser determinantes para la quiebra total de la empresa municipal de transportes; dando lugar a la total desaparición del medio público; aumentado de esta forma la no-poca gente que utilizan sus turismos de forma individual para llegar a su sino diario; con el consiguiente crecimiento de polución y destrucción incremental de la Reina Azul...] No quiero que eso ocurra. Stop. Así que facilito mi tarea al conductor alzando visiblemente mi llave maestra de peaje, mirándole mientras suena el nic nic de aprobación y de paso y si el día me lo permite y estoy de buenas, saludarlo y hablarle (no más de una afirmación por mi parte y otra aprobación por la suya) del tiempo. Stop.

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20:14 - Me encuentro en una prisión cualquiera llamada ciudad. Stop. La mayoría de las personas parecen que huyen despavoridas. Stop. Muy pocas parecen que disfruten de ese maravilloso y excitante tráfico. Stop. De ese exquisito hedor de coche que ahuma los pulmones. Stop. Del magnánimo ruido casi inapreciable que compone en la imaginación una mezcla entre Wagner y una serenata de ventosidades a un mismo compás. Stop. De esa brillantez y limpieza de las que se encargan personas hábilmente entrenadas que son sus perros o perras, [a veces se ha visto un maltrato continuo por partes de los dueños a obligar a sus animalitos amorosos a excrementar por la fuerza en las calles públicas... Tomaré dados (las cartas nunca llegan) en el asunto con tal de proteger el derecho fundamental que todo ser viviente posee para elegir el momento oportuno de su defecación], depositan heladitos de chocolate, que después regalan a los demás transeúntes que claman a voces para refrescarse en el veranito. Stop. Todo es maravilloso en este lugar apartado de la naturaleza. Stop. Me siento tan fuerte como una piedra sin vida. Stop.

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